Diabetes al día

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Dra. Adela González Barnech
Relación Paciente-Especialista.PDFImprimirE-mail
Escrito por Dra. Adela González Barnech

Relación Paciente-Especialista: fundamento para lograr un tratamiento eficaz.

 

Es nuestro propósito centrar este artículo en un tema que nos parece esencial: la relación paciente - profesional y sus características fundamentales. Los lectores pueden preguntarse el porqué del planteamiento de este tema, dándole una importancia especial.

 

Luego de muchos años de ejercicio profesional, puede sorprendernos la cuestión de si los pacientes realmente han asimilado lo que en cada consulta hemos procurado ofrecer.  Sin lugar a dudas es la base de nuestro ejercicio profesional, porque vanos serán nuestros esfuerzos si no se logran cambios adecuados y permanentes en el paciente. En realidad, el hecho que el paciente asimile las indicaciones del profesional es el gran desafío para el éxito del tratamiento.

Trataremos de analizar los ítems básicos en los cuales se debería basar una adecuada relación profesional, así como los riesgos que pueden conducir a una crisis vincular.

Importa destacar que el desarrollo de este contenido no es una cuestión teórica, sino que corresponde aplicarlo diariamente en cada consulta.

Comencemos por considerar que en esta relación hay dos partes: el paciente que requiere asistencia y el técnico que lo atiende. Ambos conforman un binomio vinculante. Este binomio presenta características propias, algunas de las cuales pasaremos a describir.

En primer lugar y aunque parezca evidente, es una interrelación entre dos seres humanos. Reconocer esta afirmación es fundamental, porque nos da las notas destacadas del vínculo, lo mismo que las consecuencias nefastas que surgen del alejamiento de este concepto.

En esencia, es una relación igualitaria. No hay en ella quien sea mayor ni menor. Ambos tienen derechos y obligaciones generales como ciudadanos y propios a su condición (de paciente y especialista).

La diferencia entre ambos individuos radica en las características de cada uno. En este sentido importa considerar la edad, estudios, cultura, origen, lengua, etc. Asimismo, son diferentes en cuanto al papel que cada uno representa en ese binomio paciente-profesional. En este sentido, recordemos cuántas veces ocurre que el médico mismo se convierte en paciente de otro médico, o el Lic. en Nutrición es paciente de otro Lic. en Nutrición. Allí se cambian los roles, llegando a veces a viciar dicha relación profesional.

 

Significado De Los Términos

En este punto, y con el fin de aclarar los términos usados, recurriremos al Diccionario de la Real Academia Española (RAE).

 

Paciente

El vocablo paciente proviene del latín (patĭens, -entis, part. act. de pati) y significa padecer, sufrir. “Persona que padece física y corporalmente, y especialmente quien se halla bajo atención médica” (4. com - RAE).

Padecer, palabra llena de significado sobre todo a quien la posee. Del latín (patiscĕre, de pati) “sentir física y corporalmente un daño, dolor, enfermedad, pena o castigo” (1. tr. – RAE), “sufrir algo nocivo o desventajoso. Padecer engaño, error, equivocación” (3.tr. – RAE).

El dolor corporal y/o moral se da en quien padece. Es por esta causa que el paciente consulta, a fin de que el profesional pueda disminuir y no aumentar las notas de su sufrimiento.

 

Profesional Especialista es quien “cultiva o practica una rama determinada de un arte o una ciencia. Visitó a un especialista en neurología” (1. Adj - RAE.).

En Medicina, quien desarrolla ese arte, lo hace para asistir al que padece (o puede padecer) determinada enfermedad. A este respecto, nos parece importante analizar el significado del término “asistir”.

Asistir (del lat. Assistĕre) es “detenerse junto a algún lugar”, “servir o atender a alguien, especialmente de un modo eventual o desempeñando tareas específicas” (2.tr - RAE), “socorrer, favorecer, ayudar” (4.tr. - RAE), “cuidar enfermos y procurar su curación” (5.tr. – RAE).

Las acepciones a la palabra asistir, constituyen un recordatorio y un acicate para los que día-a-día procuramos poner al servicio del paciente nuestro mejores conocimientos y habilidades. La expresión “detenerse junto a” señala claramente lo que debemos hacer: buscar el tiempo apropiado para cada consulta, a fin de poder detenernos junto al paciente, escuchar sus dolencias, y aún más: escuchar sus problemas, porque muchas enfermedades comienzan o se acompañan de “problemas” que el profesional debe discernir. “Detenernos junto al paciente”, tener el espíritu pronto para servir, ayudar,  favorecer.

“Cuidar enfermos y procurar su curación”, será el fin último de nuestra consulta. Cuidar al enfermo, significa cumplir una serie de virtudes concatenadas que incluyen la paciencia, la generosidad en el tiempo dispensado (¡qué bien se atiende cuando damos el tiempo y la escucha necesaria!), la amabilidad, la educación para tratar al paciente como merece su dignidad. Procurar su curación, es mantener la voluntad y los conocimientos actualizados con la  intención de perseguir la curación de cada paciente.

Es bueno entender cómo los datos anteriores nos ayudan a definir mejor a cada individuo del binomio. Las dos situaciones no son comparables, porque cada uno participa en el vínculo por diferentes intereses.

El paciente “sufre” o “padece”, por lo que reclama asistencia.

El profesional “asiste”, por lo que se ha preparado para servir al que padece.

 

Relación Paciente – Profesional: Vínculo De Dos

Hasta este momento analizamos algunas de las características vinculares. Es el momento para profundizar en las mismas y adquirir una nueva óptica, un punto de vista que integre las visiones individuales.

Puede suceder que nos formemos una idea de las “funciones” de cada miembro de este binomio como independientes. O sea: el profesional “asiste”, y tiene la obligación de dar la mejor asistencia. El paciente “recibe”, tiene derecho a ello.

Debemos incorporar una visión más amplia. Si pensamos más allá, nos daremos cuenta que estamos hablando de las dos caras de una misma moneda. Tanto uno como el otro tienen derechos y obligaciones para los mismos “actos”. Para entender mejor este concepto, pasemos a exponer ejemplos prácticos:

Si el paciente tiene el deber de ser puntual en la consulta, también el especialista tiene esta obligación.

Ambos tienen el derecho a que se les respete el valor del tiempo: si no pueden concurrir a la consulta avisarán al otro con suficiente antelación para no entorpecer sus actividades.

Si el profesional debe ser sincero (no engañar) y competente con el planteo del diagnóstico y tratamiento, el paciente no debe dejar de serlo (no afirmar haber cumplido estrictamente con las indicaciones, si en la práctica no lo ha hecho)

Cada uno tiene el derecho a no padecer engaño por parte del otro.

Así como el paciente debe ser justo y honesto en cuanto al pago de honorarios, el  profesional debe serlo en el compromiso de dar la atención adecuada.

Cada uno tiene el derecho de recibir lo asumido. Como podemos apreciar es un vínculo recíproco. Este vínculo se debe cuidar desde ambas partes, con el fin de que no decaiga y por el contrario, mejore.

 

 

Construir Un Buen Vínculo

Cuando en este binomio algo va mal, se suele pensar que la falla es de la parte “contraria” a los intereses personales. Sin embargo, cada uno tendría que preguntarse: “¿En qué he fallado?” Seguramente se podría descubrir faltas pequeñas o grandes que no han sabido corresponder a lo recibido.

Para construir una buena relación, existe un fundamento esencial: confianza mutua. El vínculo que une al paciente con su especialista debe ser de confianza y respeto mutuo. Confianza y respeto conforman dos básicos que van juntos: nos permiten ahondar en una relación duradera y eficaz.

Podemos adivinar que construir un buen vínculo con el profesional es el deseo de la mayoría de los pacientes. Éste es también el deseo para el especialista que los trata.  Sin embargo, la concreción en un binomio que resulte eficaz es quizá poco frecuente en la consulta diaria. Hay que considerar que deben existir determinados requisitos para que se sostenga.

Hemos hecho referencia a virtudes necesarias para “cumplir” con las obligaciones y derechos que cada parte aporta. No son de menor importancia.

Poco podría durar la confianza y el respeto ofrecidos a una persona “descuidada” en sus palabras y acciones. Tampoco se mantiene la confianza a quien no tiene en cuenta el valor de la palabra dada, de la sinceridad, honestidad, orden o justicia entre muchas otras virtudes. Por ejemplo, ¿quién podría establecer un buen vínculo con un profesional que descuide la higiene y  el aspecto personal?

Todas estas virtudes básicas son siempre recíprocas, por lo que debemos vernos en un espejo antes de “etiquetar” al otro con la ausencia o presencia de esa cualidad. En este sentido esto último es muy edificante, porque al ser la relación bilateral todo lo que mejore a una de las partes puede ser un estímulo a la otra.

En este punto del artículo podemos apreciar claramente cómo el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el  conocimiento son mutuamente interdependientes. Miremos a cada una de estas cualidades como un eslabón, que -unidos a otros- pueden formar una cadena firme  “que consolide”  la relación personal.

Este binomio que estamos analizando es un vínculo estrictamente profesional entre el paciente y el técnico (no hablamos de una relación que implique amistad). Estas características son pautas a adquirir, sin temor a mejorarlas.

El respeto, por su parte, no nace de una relación de sumisión o de temor.

De acuerdo con la raíz de la palabra (respicere: mirar), es la capacidad de ver a la otra persona tal cual es: tener conciencia de su individualidad única. Cuando el paciente o el profesional respeta al otro, significa que se preocupa para que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. Las consecuencias de vivir estas características, no tiene precio, ya que el desarrollo de ambos crecerá de manera integral y saludable. Asimismo, de ese modo, el respeto implicará ausencia de “explotación”.

Vemos pues, cómo el respeto mutuo -tanto en este vínculo como en la vida de relación con otros-  es una virtud fundamental.

 

“Asimilar” Las Indicaciones Tiene Un Proceso.

Con el fin de entender mejor esta progresión, “adherir”, “cumplir”, “incorporar”, pueden ser considerados como pasos que nos conducen en un plano inclinado a “asimilar” el tratamiento. Hacer propio algo que nos indica otro, es una tarea muy costosa por el cambio interior que supone y por las acciones consecuentes. Estas últimas seguramente son más difíciles de instrumentar porque conlleva aunar en un acto el deseo con la voluntad.

Si el paciente consigue realizar determinadas indicaciones, se alcanza el fin último de la terapéutica: la mejora de su enfermedad. Sin embargo, este logro es la última etapa de un proceso, en el que confluyen e interactúan muchas variables. Se podría identificar con sucesivos escalones que lo elevan a la meta, que en definitiva es lograr hacer propias las directivas con el fin de consumar el tratamiento.

Asimilar las indicaciones profesionales es trabajar en un plano que con frecuencia es “no consciente”, y en el que confluyen múltiples protagonistas. Nos proponemos intentar “disecar” los factores que conforman estas relaciones, con el fin de estudiar la manera de mejorarlas. Entre los actores principales se encuentran: por una parte el profesional y por otra el paciente. Ambos están rodeados por un cortejo de influencias que podrán facilitar o poner trabas a dicho proceso. Sugerimos releer el citado artículo correspondiente a la publicación de Abril del presente año, donde hemos explorado con profundidad las intervenciones del profesional y del paciente en esa interrelación peculiar que los caracteriza. El aspecto que se analiza hoy es quizá el de mayor importancia en esta relación, porque tiene un alcance substancial. Nos referimos al logro de buenos resultados terapéuticos, consecuencia del correcto intercambio entre ambas partes. Si el paciente que consulta puede captar la importancia de su enfermedad y poner todos los medios para tratar de “corregirla”, se puede decir que uno y otro ha logrado la satisfacción del deber cumplido. Fundamentalmente, interesa en este momento evidenciar los pasos imprescindibles en este proceso.

 

Cortejo De Influencias Entre Los Dos Protagonistas.

Preferimos considerar en primer lugar las “condiciones” que hacen del profesional un instrumento más apto. La forma de presentarse en el consultorio implica el buen aspecto personal, el correcto modo de expresarse, la claridad en las explicaciones, el ánimo de escuchar, la disposición para aclarar las dudas, el uso del tiempo que necesite, todo con una buena dosis de calidez de la que emana confianza.

De forma análoga, preferimos considerar que existen “condiciones” que hacen del paciente un instrumento más apto. La forma de presentarse en el consultorio implica el mejor aspecto personal y modo de expresarse, el ánimo de escuchar, la disposición para aclarar las dudas, utilizar el tiempo que necesite, todo con una buena dosis de calidez de la que emana confianza.

Ambas descripciones conservan explícitamente las mismas características. Son exigentes para el profesional, y -creemos que también pueden serlo- para el paciente según el ser de cada quien, porque el profesional se ha preparado para serlo no así el paciente. Sin embargo, para los dos existen realidades similares: es una comunicación interpersonal y en un ámbito profesional. Aquellas características serán la base de la confianza mutua: confianza hacia el profesional y confianza hacia el paciente, imprescindible para que pueda creer lo que le dice el técnico sobre su enfermedad, o para que el profesional pueda creer lo que le dice el paciente sobre la forma de hacer el tratamiento.

 

¿Cómo reacciona el paciente cuando desconfía del profesional?

La desconfianza induce a la omisión: a la falta de escucha atenta a las indicaciones, a la falta de asistencia a la consulta. Asimismo, la desconfianza induce al cumplimiento (cumple-y-miento) de las indicaciones sin considerar los beneficios para la salud personal (no del profesional); también induce al cumplimiento de la asistencia a las consultas (quizá porque así contenta al familiar) sin considerar los beneficios para la salud personal (no del profesional). Es por ello que la confianza es un valor esencial que no debe perderse, es un tesoro que tenemos en la primera consulta y que podemos irlo malgastando según la calidad de nuestras acciones.

Consideramos relevante que el paciente reciba una explicación clara de su enfermedad, fundamentalmente para que entienda la importancia de valorar los cuidados saludables que debe observar. Toda información clara será agradecida por el paciente, tenemos la experiencia diaria.

No es fácil cambiar los hábitos que trae el paciente. En su construcción ha influido la cultura, las costumbres incorporadas en su familia de origen, el gusto y las preferencias que se forman desde la etapa del embarazo y la lactancia (!) hasta el presente, las costumbres que aparecen con posterioridad en el ciclo vital tales como las incorporadas por las condiciones laborales (horarios prolongados que facilitan tanto el sedentarismo como las comidas rápidas), las costumbres de la familia con o sin hijos, de las personas que viven solas o las costumbres de las personas de la tercera edad.

Decíamos que no es fácil cambiar los hábitos que trae el paciente, porque es la resultante de un delicado y difícil equilibrio, que tenemos que construir de forma permanente en la consulta diaria. Surge de un esfuerzo constante de parte del profesional, quien se convierte en un “pedagogo de la práctica clínica”. Surge de un esfuerzo constante de parte del paciente, quien se convierte en un “exitoso hacedor”. Tanto el uno como el otro salen enriquecidos de esta influencia recíproca, porque de lo que se trata es de integrar la reflexión al deseo por el cambio.

La consecuencia será la respuesta positiva del paciente a la terapéutica.

 

Conclusiones finales.

Hasta aquí hemos establecido ideas madres sobre la relación paciente-especialista. No será difícil apreciar las consecuencias nefastas que pueden producir el descuido de estas notas dadas. El deterioro del respeto, puede también tener sus raíces en descuidos más pequeños: puntualidad, orden, sinceridad, generosidad, etc. La falla de una de las partes, cualquiera sea, produce lógicamente dolor en quien ha ofrecido lo mejor de sí para edificar al otro como persona.

 

Sin embargo, como en todo lo relativo a las relaciones humanas, se puede volver a re-establecer nuevos vínculos que sinceramente -con dedicación y conversación- reparen los daños causados.  Porque no es conveniente  olvidar que la confianza y el respeto se ganan, no se imponen.



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