Diabetes al día

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Dra. Stella Cabeza
La alimentación del niño y su relación con la Diabetes.PDFImprimirE-mail
Escrito por Dra. Stella Cabeza

En el primer año de vida, todos están de acuerdo en que el mejor alimento para el niño es el pecho materno. Se sabe, además, que la alimentación a pecho es un “protector” para la posibilidad de una obesidad futura.

Cuando se van agregando alimentos, se hace, en general, con el apoyo del pediatra y en forma progresiva y balanceada.  En los últimos 10 años, se ha hecho un énfasis especial en que no se usen alimentos excesivamente salados o azucarados, no solo para prever riesgos, si no para evitar el acostumbramiento a ese tipo de alimentos, como lo han demostrado muchas investigaciones.

Los problemas de alimentación comienzan después del primer año, cuando muchos padres integran a los niños a la dieta familiar y la misma está lejos de ser la más adecuada.

Hay  actitudes y costumbres que condicionan la futura obesidad y sus derivados, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares, y hacia ellas se debe dirigir el esfuerzo de modificación necesario para prevenirlas.

La actitud de los padres y familiares hacia la comida, condiciona la actitud del niños y así, si este come bien (la mayoría juzga que es comer mucho), se le “premia” con una golosina, un alfajor o la promesa de ir a comer una comida “rápida” o una bebida azucarada, algo así como la vieja premisa: “primero está el deber y luego está el placer”. Lejos está de privilegiarse una fruta sobre otro tipo de postres, y ni hablemos de verduras o leguminosas. Esto contribuye a que “aprenda” a comer, de una cierta manera. Se ha estudiado que el sistema de premios es uno de los más seguros para hacer del niño un obeso.

Cuando se llega a la edad del preescolar, se vive el problema de las meriendas, que, en general, las madres resuelven con un alfajor, o con alimentos muy salados y alguna bebida gaseosa. Es importante decir que la mayoría de estos alimentos que se ofrecen en la merienda, son ricos en una grasa sintética llamada “trans”, que nuestro organismo no está preparado para metabolizar  adecuadamente.

A estas alturas, la madre que se “desubica” y le envía un postre casero, o una fruta, es derrotada por el medio ambiente, ya que el niño se siente mortificado por no ser uno más en el rebaño y ser considerado un “desgraciado”.

En la escuela, los cumpleaños, los paseos, se repite la situación, agravada porque el niño ya adquirió el gusto por una comida grasa, que, justamente, es más agradable al paladar que otras y, por lo tanto, en este momento, es más difícil cambiar su actitud. No pocos padres vienen a la consulta diciendo que al niño no le gusta tal o cual verdura o fruta y a veces es difícil hacerlos entender que lo que debe guiar el criterio para la educación del niño, es proporcionarle lo que le hace bien, y no solo lo que le complace. El padre no debe abdicar nunca de su función de guía y mentor.

En cuanto a las costumbres, la vida moderna, rápida y cambiante, nos ha llevado a adoptar también, un tipo de comida rápida que suele tener mucha grasa y poca fibra. Cualquier ama de casa sabe que preparar verduras lleva mucho tiempo, y por lo tanto, es más fácil hacer una carne con papas, que un pastel de verduras o unos zapallitos rellenos, etc.

Esto ha llevado a que no se consuman verduras, frutas, legumbres, con la asiduidad deseable, y eso lo ve y lo vive el niño.

¿Qué ocurre con el tipo de comidas grasas, saladas o excesivamente azucaradas que consumimos? Como decíamos, nuestro organismo no está preparado para disponer adecuadamente de esas grasas que se depositan  como tejido adiposo, mientras que el azúcar, un producto de la vida moderna, exige cantidades muy grandes de insulina para  ser procesada. No solo aquel que tiene antecedentes de diabetes se ve perjudicado por el excesivo consumo de azúcares, sino que vemos gente sin antecedentes, con un páncreas que terminan segregando grandes cantidades de insulina, lo cual determina una sensación de hambre persistente, que instaura un círculo vicioso del cual es muy difícil salir sin apoyo de médicos nutricionistas y medicamentos.

Capitulo aparte merece el consumo excesivo de sal, que lleva a alteraciones cardiovasculares  con  hipertensión arterial y todas las consecuencias de la misma. Como esa sal se consume en alimentos muy grasos, se va a sumar el colesterol, y tenemos el cuadro completo de un obeso, diabético, hipertenso, con todas las secuelas que conlleva.

A todas estas costumbres, se agrega una “no costumbre”, que es la del ejercicio físico. Nuestras escuelas no están preparadas para un ejercicio físico adecuado y los uruguayos privilegiamos el sedentarismo. Si esa dieta la hiciera una persona muy activa, con ejercicios metódicos tres veces por semana, tal vez las consecuencias no serían tan graves.

Me interesa, como pediatra, prevenir, y por lo tanto creo que padres, maestros, médicos y la sociedad toda, debemos mancomunar esfuerzos. Sería estéril que los médicos habláramos, si los padres no se convencen de la importancia de la correcta alimentación para todos y del ejercicio físico asiduo.

A su vez, de nada sirve que durante los tres primeros años de vida se eduque al niño de una manera, si el referente que es el maestro, santifica el uso de meriendas poco saludables. Es de destacar, en este sentido, la experiencia de algunas escuelas chilenas, que, a partir de la educación y el compromiso de los niños, promueven las actitudes saludables en la comunidad, logrando que no solamente los niños se cuiden, si no que ellos promuevan actitudes provechosas en el área de la salud y en la alimentación de los padres, promoviendo además, la otra pata de este emprendimiento, que es el ejercicio físico bien hecho y metódico.

Creo que entre todos, se puede prevenir y lograr que nuestra empobrecida sociedad, ahorre mucho dinero, previniendo enfermedades y criando hijos más sanos.



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